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EL LENGUAJE INSOSTENIBLE
APUNTES PARA UNA SUBVERSIÓN LINGÜÍSTICA
ALBERTO DOMÍNGUEZ


En 1882 Friedrich Nietzsche se impacientaba en el prólogo a La Gaya ciencia ante la tardanza de un filósofo médico que fuera capaz de diagnosticar todos los desvaríos de la racionalidad occidental como síntomas de un insoportable padecimiento. Algunos años más tarde, en otro conocido lugar, identificaba de manera inequívoca a esa “vieja embaucadora” a quien atribuía la expansión de aquella contagiosa enfermedad: la razón en el lenguaje. Nunca hemos podido leer estos pasajes sin la tentación de imaginarnos aquel instante decisivo en el que Freud los descubrió. Ninguno de los dos, Nietzsche o Freud, habría de ser, a la postre, un mal doctor en esa novedosa especialidad propuesta por el primero, pues ambos supieron ver mejor que nadie cómo el citado malestar lingüístico y racional presentaba ya entonces las proporciones descomunales de una pandemia. También ambos acertarían al asegurar que la posibilidad de recuperar la Salud se encontraba muy lejos del alcance de la mayoría y, desde luego, totalmente fuera del alcance de cualquiera.

No relataremos aquí novedad alguna en lo que se refiere a esa acreditada capacidad del lenguaje de la razón para hacer enfermar. Pero sí nos parece oportuno rescatar algunos apuntes críticos, ya clásicos en este contexto, con el propósito de impugnar aquello que consideramos como un arquetipo actual y enfermizo de lenguaje insostenible, que llega hoy hasta nosotros amparado por ese fingido debate reformista acerca una presunta sostenibilidad de la práctica económica (y moral) del capitalismo contemporáneo.

Ya desde el balbuceo inicial del ser humano, un uso calculadamente espurio de las palabras se ha revelado en todas las comunidades como el más inadvertido y, por ello, eficaz instrumento de control social. Esta extraordinaria propiedad que posee el lenguaje para transformarse en una poderosa herramienta represiva ha sido siempre cultivada con esmero para hacer funcionar sin ruido los mecanismos reproductivos en la sociedad del capital. Es así, de manera furtiva, como ha procurado al sistema de explotación aquello que jamás un uso más explícito de la violencia le hubiese permitido obtener de sus potenciales adversarios: una docilidad complaciente y una absoluta inmunidad frente a toda sospecha, crítica o disidencia. Hace tiempo ya que esta industria del dolor – pues la legitimación del dolor innecesario es uno de los elementos constitutivos de nuestra sociedad civil- entendió que no existía una cárcel más impalpable, más liviana y, en apariencia, menos autoritaria, que los significados prefijados de un discurso cautivo. Cuando las palabras -en particular, las que pertenecen al discurso político y moral- se convierten en simples fórmulas que implican de modo necesario unos significados rígidos establecidos por el sistema (paz=guerra, democracia=elecciones, disidente=terrorista, derechos humanos=mercado...), y que son repetidos de forma insistente por su aparato publicitario, el lenguaje pierde entonces su capacidad crítica y comienza a ser hablado en una especie de régimen abierto que sofoca a la disidencia. De esta forma, la propia jerarquía y los requerimientos del capital aparecen enunciados en ese lenguaje que cotidianamente emplea...Pero también en el de sus críticos. A casi nadie cuesta ya reconocer que cada vez que la reprobación del sistema ha pretendido hacer oír su voz en un contexto de interlocución tradicional con el adversario, ha acatado tácitamente sus normas; cada vez que, sirviéndose del reglamentario debate, quiso denunciar esas obscenas reglas del juego, acabó participando abiertamente de él.

Por ello esos discursos que, de manera tan oportuna como abundante, abogan hoy por reconsiderar una supuesta sostenibilidad de la barbarie se nos antojan prestados o sospechosamente sostenidos. Resuenan en ellos palabras que debilitan y que, sin perturbar un ápice el estado de las cosas, ordenan arteramente asentir; aunque también negar, protestar y.... debatir como formas más elaboradas de asentimiento. Pero sobre todo, -y ésta es, sin duda, su mayor cualidad narcótica-, ese lenguaje insostenible sirve para señalar el marco dentro del cual debe desarrollarse la crítica en el sistema, para fijar los términos y los participantes en cualquier posible polémica, para establecer los temas que deben -o no- ser debatidos y para señalar qué es lo que resulta “razonable” o “realista” plantear en el ya resignado ámbito de la disidencia. Así es como la enfermedad de las palabras ha ido extenuándonos a todos; como ese lenguaje parapolicial ha irrumpido en nuestras casas, instalando una comisaría “progresista” sobre nuestras ideas y sospechas, impregnando con sigilo aquellos cándidos escritos de denuncia...Y ha transformado al sujeto pretendidamente crítico en una suerte de sujeto paciente que, cuando cree hablar, debatir y protestar, se convierte él mismo en objeto de un lenguaje insalubre que le utiliza como instrumento.

El más palmario de los indicios de este malestar que habita en el discurso está hoy representado por esa profusión incesante de neologismos editoriales, que son destinados por los administradores del sistema a circunscribir el espacio y los términos de cualquier iniciativa de reproche. Aún no ha terminado de asumir el sufrido lector las “irremediables” consecuencias de aquel fin de la Historia (¿o era de las ideologías?) que el Departamento de Estado norteamericano encargara profetizar a un funcionario obediente, cuando ya se ve arrebatado por las “tremendas implicaciones” de la globalización. Todavía no ha valorado suficientemente cómo la postmodernidad, el choque de las civilizaciones o la crisis de la razón han afectado de manera “irreversible” a su existencia como currante precario, cuando ya se ve obligado a ponerse al día con respecto a las incalculables virtudes del desarrollo sostenible. Y es así, sucesivamente, cómo se va enriqueciendo -a la par que lo hace el avisado editor- toda esa mitología del debate crítico tolerado para todos los públicos, gracias a la lectura ritual de nuevos e “indispensables” ensayos acerca del neologismo de temporada. Tampoco resulta despreciable (o más bien, sí) el sonrojante correlato académico de todo este circo, y que adornado con tasas y créditos (¡qué reveladores sustantivos!) hace florecer por todas partes cursos de verano y de otoño, mesas redondas y cuadradas, jornadas o seminarios “imprescindibles” acerca del vocablo de turno; una noción cuya fecha de caducidad -al igual que su alcance y sus contenidos- habían sido decididos ya de antemano en uno de esos laboratorios de ideas que la inteligencia orgánica emplaza siempre a mucha distancia del infortunio y del dolor.

Esta impostura del neologismo estupefaciente alcanza ahora sus más enojosos registros por medio del aparente y mediático debate acerca de la “sostenibilidad” que algunos suponen al capitalismo. El hecho simple de relacionar -siquiera por medio de una construcción lingüística- a este grosero sistema de explotación con esa fábula cínica del “desarrollo sostenible” resulta ser una burla despiadada, que humilla en secreto al hablante y a quien le presta sus oídos. Pues nos parece evidente que lo único sostenido -y sostenedor- que hoy existe en tal sistema no es sino el propio lenguaje que éste emplea y hace emplear con ingenuidad a sus detractores cuando simula una reflexión sobre la viabilidad económica, ecológica o moral de sus siniestros métodos y consecuencias. Y esto es, precisamente, lo primero que un espíritu que se reclame libertario debería dejar de sostener.

El discurso represivo y global de comienzos del siglo XXI se ha tornado ahora no sólo sostenible, sino también bio, eco, fresh o light, de acuerdo con las nuevas necesidades del comercio. Hasta fecha reciente, muchos pensaban que el prefijo bio, al que atribuían unas connotaciones positivas que pronto descubrieron también los profesionales del lenguaje insostenible, designaba un conjunto de actividades respetuosas con el medio ambiente y con la salud de los ciudadanos. Hoy asisten incrédulos, aunque mansos, a la generalización consensuada de un uso fraudulento y perverso de estos términos, cuya misión consiste en tratar de edulcorar ciertas prácticas económicas y medioambientales claramente inaceptables. La publicidad del horror nos presenta ya sin pudor alguno coches y combustibles ecológicos mientras, bajo su indecoroso paraguas lingüístico, diseña una catástrofe medioambiental todavía mayor y sienta las bases de un genocidio anunciado al encarecer de forma artificial el precio de los cereales y de otros alimentos básicos...Y nadie habla, o mejor, todos hablan y son hablados por ese lenguaje insostenible y precocinado que reconcilia términos antágonicos (recordad los ejemplos clásicos de Marcuse: “el padre de la bomba atómica”, “refugio de lujo contra la radiactividad”, “bombas limpias e inteligentes”...) para matarnos más y mejor.

Pese a todo, o sobre todo -pues aquí reside su mayor efectividad- se trata de un discurso sin dueño o responsable definido; el lenguaje insostenible es -quizá el único- patrimonio colectivo. Como no permite la crítica y ni siquiera es apto para llevarla a cabo, este lenguaje multivalente ciega las vías de agua y cohesiona las filas en todo el espectro político: lo habla tanto la derecha como quienes se proclaman de izquierda. Es más, estos últimos lo exigen, si cabe, en mayor medida, al reclamar con pueril insistencia la materialización de toda patraña de la fábrica capitalista: “los aspectos positivos de la globalización”, “el papel redistribuidor del Estado” o “el desarrollo sostenible”, por poner sólo algunos ejemplos. Y es que cierta izquierda todavía es capaz de ensalzar como un gran logro la presunta madurez racional que conduce a una persona a prescindir de la religión, cuando jamás entiende o acepta que alguien pueda ser lo suficientemente maduro como para apostatar de la artificial, represiva y no menos religiosa adscripción de su persona a un Estado, al trabajo, a una lengua o a un territorio concreto por el azaroso hecho de haber nacido sobre él. Tal es el poder de las palabras. Pues sólo conoce esa izquierda patriótica y reformista los términos precisos que le impiden abominar de cualquier clase de cultura, institución o jerarquía. Quizá porque es incapaz de prescindir de esa tutela lingüística que el Estado ejerce por medio del lenguaje insostenible. Aquí Nietzsche, el médico, podría parafrasearse a sí mismo y volver a escribir: Me temo que nunca van a desembarazarse del Estado, porque continúan creyendo en la gramática. En los albores del Tercer Milenio, la izquierda mundial es hablada por el lenguaje del capitalismo, en cuanto que acepta sin rechistar el tablero, las funciones de las piezas y las “reglas (gramaticales) del juego democrático” que delimitan lo que es razonable exigir dentro de la muy pautada actividad de discrepar.

Pero el lenguaje insostenible no es nuestro; es de ellos. Devolvámoselo, pues, sin usar y no participemos nunca más en esa malversación de ideas, ni polemicemos en ningún caso sobre aquello que nos exijan. Ya no analizaremos jamás sus propuestas de temporada. No intervendremos otra vez en estos debates tramposos, que son sus debates. Ahora resulta mucho más importante identificar lo que no hay que decir. Se impone con urgencia la insumisión y la sordera frente a ese lenguaje insostenible, la necesidad de unos nuevos discursos no regulados, la creación y puesta en práctica de otros lenguajes libertarios y eficaces. No se trata, como ya se ha propuesto, de intentar expresar los supuestos significados “reales” de un modo más exacto; nuestra asonada no aspira ya a reapropiarse de ese discurso enajenado, sino a desbaratar su infecciosa labor. Para derrotar al lenguaje insostenible hay que hablar otro lenguaje radicalmente distinto, hay que rechazar sus condiciones y sus límites; hay que imaginar, romper e improvisar. Porque no necesitamos ya otro producto definido, ni definible, o fácilmente etiquetable y vendible. Quien experimente la necesidad de hablar de otro modo, debe hacer imposible con su actitud y su discurso -si es que debemos seguir llamándole así- cualquier enunciación de su identidad, de sus ideas o de su solitaria práctica sediciosa. Habrá de ser deliberadamente acientífico, intuitivo, camaleónico, incoherente y, en definitiva, inasible y escurridizo frente a un lenguaje que acecha impaciente para matarle y momificarle con una definición comercial.

Tal es el camino de una inaplazable subversión lingüística, cuyo umbral se halla significativamente más cerca de aquellos que, por motivos diversos, todavía no se han extraviado en un laberinto de papeles y palabras. Es precisamente en el ámbito del lenguaje más sencillo y desdeñado por los intelectuales orgánicos en donde anida la revuelta, en donde palpita, expectante y atrincherado, el motín: “La sociedad -escribió Marcuse- expresa sus exigencias directamente en el material lingüístico, pero no sin oposición; el lenguaje popular ataca mediante un humor desafiante y malintencionado al idioma oficial... El rechazo y la rebelión, sojuzgados en la esfera política, estallan a través del vocabulario que llama a las cosas por su nombre”. No hagamos esperar más a la insolencia. No temamos nunca a esa medicina descortés que para sanar, agrava. Pues nos resulta posible pensar en la viabilidad del reto y de la impugnación permanentes si aprendemos a utilizar con mala intención los explosivos humanos más demoledores, los más indisciplinados e ingobernables: el sentido del humor, la irreverencia creadora, la chulería antirrepresiva y el amor propio solidario. En este sentido, la música o el inmoralismo provocador, la literatura o la indiferencia, las artes plásticas o ese calculado silencio que incendia, o, mejor aún, una urgentísima mezcolanza que reinterprete a fondo todo lo anterior, pueden ser algunas de las posibles prendas que vista -por supuesto de un modo vigilante y provisional- la más espontánea, irrespetuosa y personalizada declaración de guerra.

En vano aguardará, pues, el lector que describamos aquí alguna actividad más concreta: no existe ya nada ni nadie a quien redimir, ni deben existir tampoco lenguas u oídos para malgastar el tiempo con redimidos, redimibles o redentores. Tampoco le invitaremos, como hiciera aquél otro, a que arroje tras de sí esta escalera de palabras después de haber subido por ella, pues la escalera de la subversión no sube a ningún sitio y sólo ha sido labrada para bajarse, para apearse, para marchar... Antes de hacerlo, un pequeño experimento para espíritus libres: prended fuego, sin demora, a este escrito – pues vosotros nunca lo habéis necesitado- y prestad mucha atención al instante preciso en el que vaya a extinguirse su último rescoldo: observaréis ahí, todavía, una minúscula, una diminuta explosión de resistencia postrera. Esa será nuestra señal. Eso será.

SUSTENTABILIDADE:
ORIXE, USO E CONTIDO DO TERMO

V. M.


EL LENGUAJE INSOSTENIBLE
ALBERTO DOMÍNGUEZ


PAU E CENOURA
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